Por Marc Cebrián

Esta semana se celebran quince años del matrimonio igualitario en España, que implantó el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero en 2005, y que ha permitido más de 30.000 enlaces entre personas del mismo sexo. Tras estas cifras se encuentran realidades como las de Ahmed y su marido -seudónimos-, de origen marroquí, o Beatriz y Marta, de El Salvador, o las parejas binacionales –donde los miembros son de distintas procedencias-.

Beatriz y Marta son dos mujeres lesbianas solicitantes de asilo que se vieron obligadas a huir de su país en 2018 para instalarse en España. Ambas tenían previsto dar el sí quiero a finales de este año, aunque debido al Estado de Alarma por la pandemia del coronavirus tendrán que suspender el enlace y trasladarlo a mediados del próximo año.

El inicio de esta historia de amor se remonta a principios de 2012, cuando Beatriz empezó a sentirse atraída por Marta. Fue aquí cuando comenzó todo el calvario de la pareja. Ambas vivían en un entorno religioso evangélico donde las lesbianas son repudiadas y expulsadas del entorno familiar. “Se refieren al colectivo LGTBI como enfermos mentales, tarados, antinatural… Era imposible revelar quiénes realmente éramos porque no nos iban a aceptar”.

A medida que se iba estabilizando la relación en pareja, aumentaban los rumores y sospechas sobre ellas. Bajo la etiqueta de “amigas”, la gente iba preguntando cada vez más sobre el tipo de relación que mantenían, porque las veían muy unidas. “Llegué a decir que éramos casi hermanas para que nos dejaran en paz… Aún así nos arriesgábamos a que nos dieran una palizada cualquier día”, cuenta una de ellas.

En El Salvador, como en el resto de los 72 países donde se sigue acosando al colectivo LGTBI, no se puede visibilizar una pareja lesbiana o gay ante la discriminación y prejuicios sociales a los que son sometidos por parte de los representantes públicos y autoridades. Un acoso que alcanza todas las orientaciones, expresiones o identidades de género distintas a la normativa. Todo ello en un momento en el que se vive el apogeo de varias ramas del cristianismo, donde los pastores evangélicos poseen una gran influencia en las decisiones políticas del país.

Hoy en día cuentan con un círculo de amigos que son testigos del amor que sienten la una por la otra. Sobre la familia, explican que no quieren dar el paso de mostrarse como pareja, ya que eso les distanciaría, a pesar de vivir en países distintos. De hecho, sus familias no estarán ni presencial ni mentalmente en sus bodas, porque no se enterarán del acontecimiento.

No obstante, se conforman con poder ir de la mano por la calle sin temor a no vivir para contarlo.

Ahmed y su marido, como toda pareja gay en Marruecos, se vieron obligados a dejar atrás sus vidas y partir hacia una nueva oportunidad para mantener la relación. En una sociedad profundamente homófoba como la marroquí, es común que las familias expulsen del entorno a un hijo/a homosexual, hasta el punto de no querer saber nada de ellos.

Ambos solicitantes de protección internacional, dieron el sí quiero a finales del pasado año. Un sueño hecho realidad que les ha permitido dejar atrás episodios llenos de odio y discriminación por ser una pareja LGTBI.

De hecho, la homosexualidad está fuertemente penada en el país del Atlas, donde son frecuentes los matrimonios forzosos cuando los padres empiezan a sospechar sobre la orientación sexual de sus hijos.

Ahmed, Beatriz, Marta… y tantas otras parejas son una realidad tras los 15 años de matrimonio igualitario en España, que llevó al país a ser una democracia referente para el resto de territorios donde todavía estas uniones siguen siendo ilegales. A partir de 2005 también se han podido oficializar los enlaces entre parejas LGTBI binacionales, otra realidad que se encuentra dentro de los quince años de matrimonio igualitario en España, en el que el origen de uno de los dos miembros es de otro país.

Todavía hay 72 países donde el colectivo LGTBI sigue siendo perseguido y acosado. Prácticas tan habituales en países occidentales como darse un beso en público o ir de la mano de tu pareja pueden implicar hasta penas de muerte en países como Arabia Saudí o Irán, además de abusos y palizas por parte de la sociedad y autoridades en El Salvador o Honduras.

Muchas de estas personas que viven en pareja en sus países de origen se ven obligadas a ocultarlo o inventarse nueva identidad. De lo contrario, se exponen a ser golpeadas, maltratadas, a sufrir los prejuicios sociales y, en el peor de los casos, a morir por no disponer de un Estado que les dé seguridad y protección.

A diario contactan con Kifkif parejas del mismo sexo de todas las partes del mundo para pedirnos ayuda por el miedo que sienten por si son descubiertas. Insultos, golpes, intentos de asesinato… Estos son sólo algunos de las persecuciones a las que se exponen en su día a día.

En Kifkif recibimos a diario peticiones de ayuda de parejas que sufren persecuciones y discriminaciones por ser, amar y sentir. Su sueño es la libertad de no poner en riesgo sus vidas por darse un beso en público. Sólo en 2019 dimos más de 3.200 atenciones.

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